22 de sept. de 2010

La respuesta de Juárez y otros factores del poder

Respondamos la pregunta que dejamos inconclusa en la entrada anterior ¿Qué hacer ante una Iglesia que ostentaba gran poder en nuestro país y las presiones extranjeras? 


Era evidente que las diversas potencias querían aprovecharse de la situación mexicana para ampliar su territorio u obtener más riquezas de las que se llevaron durante tres siglos de Colonia y por otro lado ¿cómo limitar el poder del clero? La Iglesia quería seguir viviendo con todas sus prerrogativas económicas y políticas y el Estado se encontraba en ruinas económicamente. 


La respuesta dada por Juárez es simple y directa:

“Poner término definitivo a esa guerra sangrienta y fratricida que de una parte del clero está fomentando hace tanto tiempo, que la Nación por sólo conservar los intereses y prerrogativas que heredó del sistema colonial, abusando escandalosamente de la influencia que le dan las riquezas que ha tenido en sus manos, y del ejercicio de su sagrado ministerio, desarmar de una vez a esta clase de los elementos que sirven de apoyo a su funesto dominio.”[1]



¡Desarmar a la Iglesia! ¡Quitarle su poder, mandarla a leer la Biblia y a predicar con el ejemplo! ¡Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios! Es decir, que la Iglesia se dedique verdaderamente a las cuestiones religiosas y que el Estado realice las funciones para las que fue creado, que no haya lugar a dudas de la división entre estas dos actividades y roles del ser humano, que si bien pueden llegar a complementar su vida, son total y absolutamente independientes entre sí.


El objetivo era verdaderamente claro, pero para llevarlo a cabo en un país fraccionado y con una núbil época independiente fue necesario el consenso de ciertos factores del poder que obviamente velaban por sus propios intereses, pues veían en esta ruptura con la Iglesia la oportunidad de obtener ciertas ventajas.


Es así que puedo afirmar que la lucha entre los liberales y conservadores implicaba la afrenta entre la nueva burguesía acompañada de la clase media alta contra la estructura clerical y los conservadores que anhelaban una monarquía europea.


Se dice lo anterior, pues las clases populares, exceptuando a los denominados chinacos (avanzada que entró en contradicción con el clero por ser un gran latifundista que limitaba sus posibilidades de acenso social)[2], poco o nada supieron de la esencia del conflicto armado, éstas tenían mayores preocupaciones en tener las condiciones mínimas de sobrevivencia que en preguntarse qué régimen era el que más adecuado para ellos.


En efecto, la creciente clase media veía en este ataque frontal a la Iglesia la oportunidad de acaparar más tierras, crear latifundios y dedicarse a la siempre fructífera actividad de la usura, y el resultado se dio a pedir de boca, pues después de que a la Iglesia le fueron retirados sus grandes latifundios, los burgueses aprovecharon la oportunidad de obtener grandes extensiones de tierras a bajo costo, con lo que, las medidas para obtener recursos económicos no fueron nada favorables:


“Los recursos, oportunos pero escasos, fueron rápidamente consumidos por una guerra que cubría buena parte del territorio nacional y a la que no se le veía fin. No sólo se sobrestimó el valor de las tierras, sino que fueron rematadas muy por debajo de su valor. Y el problema pecuniario volvió a tornarse crítico.”[3]


Como conclusión a lo anterior no está demás referir que la Historia la escriben los ganadores, pero también los ganadores establecen el orden jurídico que es creado en determinado momento y espacio, ya que refleja el ideario de la clase que salió avante de dicho conflicto, además, los perdedores no pueden más que soportar las vejaciones y aceptar las concesiones que se le hacen, y ante cualquier reducto de contravención, no les queda más que esperar un irrisorio vae victis de los vencedores. Este fue el caso de la Iglesia que perdió esta guerra y tuvo que sujetarse a la regulación de un Estado Liberal, pero cabría preguntarnos, ¿qué sería de nuestro país y de nuestro orden jurídico si los conservadores hubieran ganado? ¿Viviríamos en un Estado con religión oficial?




[1] Manifiesto a la Nación de 1859, donde Benito Juárez anuncia el programa del gobierno liberal
[2]GOMEZCÉSAR, Iván. La Batalla de Juárez. México, Editorial nuestro tiempo. 2ª edición, 2006, p. 38
[3]Ibidem. p.40

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