¡Soledad!

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La luz trémula de dos candelas y el reflejo de éstas en un viejo espejo empolvado alumbraban la lúgubre habitación creando así un juego de sombras propio de varias pilas de libros y documentos esparcidos entre aquellas paredes, la radio estaba encendida y las voces y sonidos que de él emanaban se mezclaban con el caer de una elegíaca y suave lluvia que despedía un día más. Mientras tanto, ensimismado en sus pensamientos, descubrió un atisbo de aquella verdad que lo aterrorizaba…

Descubrió que ahora se encontraba solo a consecuencia de sus decisiones, todo aquello que había construido desaparecía a su alrededor, no estaba ni triste ni contento, simplemente se daba cuenta de sus circunstancias y del letargo en el que había caído, comprendió que se había vuelto inmanentemente en un autómata, un extranjero en palabras de Camus que hacía y destruía su entorno con tal de satisfacer sus necesidades primarias, pero sin sentirse vivo y sin formar parte de algo.

Evidentemente ello le había traído varias consecuencias desastrosas a su realidad, la gente que antes le regalaba una sonrisa al ver su faz reflejada en sus ojos, ahora ni siquiera le dirigían una mirada de reojo, y cuando lo hacían, era para juzgarlo despectivamente: ¡Había roto las reglas de convivencia social! Su conducta era inaceptable y tenía que pagar por ello de una u otra manera.
En un principio y como buen extranjero, la exclusión le significaba poco ¿qué importaba el ser excluido? ¿Para qué los necesitaba? ¿Quién quiere convivir con gente que le es total y absolutamente indiferente? Había vivido como le había parecido mejor y hubiera podido vivir de otra forma pero eso ya no importaba, su camino estaba trazado.

Pero siguió reflexionando hasta darse cuenta que ahora todo lo hacía a solas, comer, dormir, beber, leer, eran actividades rutinarias en su vida y que en su egoísmo disfrutaba compartir con algún extraño en una tarde calurosa de abril, hacía meses que su novia lo había dejado y ninguna mujer, ni siquiera las prostitutas de las que había buscado su compañía, lo aceptaba.

De esta forma su fragilidad y vulnerabilidad salieron a flote, sentía un vacío inconmensurable recorrer su ánimo ya de por sí apocado, pensó y replanteó las circunstancias y después de muchas elucubraciones alcanzó una idea, pero no fue algo gratificante que le permitiera obtener una salida, una respuesta mágica para subsanar aquella condición que empezaba a odiar, por el contrario, la idea lo hundía aún más en ese fango pestilente en el que él mismo se había colocado, pues por primera vez fue consciente de su conducta Kafkiana que había atemorizado y alejado a todo el mundo.

Con un giro violento se acercó al espejo y  gracias a los últimos hálitos de las candelas pudo observar que una pequeña gota de luz resbalaba por la mejilla derecha de su torva faz, en ese momento desgarró su garganta con un grito que se ahogó en el rugir de un trueno…

¡SOLEDAD!

Es lo que creo haber escuchado. 

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